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Así me fue en la fiesta de swingers en Guatemala

Ricke y Pilly cumplieron su promesa. El lunes, un mensaje en mi celular me avisó que estaba invitada para asistir a la reunión del fin de semana en su club swinger.



Para terminar de creérmelo fui a corroborarlo a su página en Facebook.
Y sí. Ricke’s Place tenía una nueva publicación. “La fiesta chiquita que hacemos todos los fines de semana permite reunir a parejas nuevas y experimentadas del ambiente swinger en Guatemala. Durante la velada podrán socializar, bailar y permitir que la energía de la noche los lleve a donde quieran llegar”.
El texto tenía 30 likes, 12 compartidos y 4 perfiles pidiendo información, incluyendo a uno cuyo nombre es “esposos calientes”.
Traté de no pensar mucho en el tema hasta que llegó el día. Mi pareja y yo nos alistamos, acordamos que de la fiesta nos iríamos cuando alguno uno de los dos se sintiera incómodo y subimos al carro.
Intercambiamos pocas palabras mientras nos dirigíamos a Ricke’s Place. Mi novio se concentraba en el camino mientras yo veía a las personas de los carros que pasaban al lado y pensaba si serían algunos de los invitados.
Faltaban 20 minutos para la hora cuando salimos de la Ciudad de Guatemala. Las instrucciones eran que al pasar por un restaurante debía llamar a Ricke y me daría más indicaciones.
Encontramos el restaurante, después una pasarela y a pocos metros, un poste de luz. Ahí giramos hacia la izquierda. El camino nos llevó a una bajada antes un portón blanco. Mi pareja bocinó dos veces y el portón empezó a correrse. Lo abrió un señor de unos 50 años y le devolví el saludo sin hacer contacto visual.
La fiesta
Nos recibe Ricke y nos dice dónde parquearnos. Está vestido con pantalón negro de tela, saco del mismo color y la mitad de los botones de su camisa están desabrochados. Una cruz de plata cuelga en su cuello. A penas nos saludamos y su teléfono empieza a sonar. Otra pareja está por llegar.
A pocos metros del parqueo se encuentra la entrada principal del club. Desde afuera se puede observar las luces verdes, rojas y púrpuras intercalándose. Suena una musiquita ochentera de elevador y lo primero que se ve al entrar es una moto roja. Al fondo, una valla con el nombre del lugar y la imagen labios rojos.
Seguimos a Ricke por unas gradas que llevan hacia una pequeña sala ubicada en la planta baja. Ahí esta Pilly. Viste un traje de dos piezas de encaje negro. Tiene un escote pronunciado y unos tacones plateados. Hay tres sillones blancos y otras tres parejas en la habitación. La luz es tenue, apenas logro ver sus rostros.
Todos estamos ahí por primera vez. Ricke y Pilly comparan la situación con ir a una fiesta de cumpleaños (o una como la que organizamos para el verano). Casi nadie se conoce entre sí. Solo los conocemos a ellos, pues son los anfitriones y durante la fiesta nos relacionaremos con los demás. La diferencia es que nadie soplará velas ni habrá pastel. Solo habrá mucho sexo.
Nos sentamos y nos dan la bienvenida con alguna información básica.
Hago un recorrido visual sin mover la cabeza: son jóvenes, calculo que todos están entre los 25 y los 35 años. Permanecen abrazados y ellos ponen sus manos en las piernas de sus parejas. Ninguno parece estar nervioso.
Noto que uno de los hombres me mira y luego pasa su vista a la mujer que está en otro sillón. Yo vuelvo la mirada hacia Ricke y Pilly, quienes por momentos interrumpen la charla para saludar a los swingers con experiencia que van llegando. No volteo a ver. Solamente escucho tacones y las voces de los recién llegados.
Conforme avanza la charla las parejas empiezan a reírse y a murmurar entre sí. Uno de los hombres incluso sugiere presentarnos y hablar un poco de nosotros. La mayoría se describe como curioso, muy sexual y con ganas de experimentar.
Finalmente Ricke y Pilly dejan las reglas claras: no ponerse borrachos, no tener sexo en los sillones blancos, no entrar a las áreas exclusivas para miembros VIP, tener sexo sólo con preservativo –incluso con la pareja-, para que no queden fluidos y se pueda interactuar con otros sin problema. Consideran esto último como una norma de etiqueta y cortesía.
Tampoco se permite tomar fotografías o videos y las parejas deben procurar no separarse. Esto último no es por seguridad sino porque –en palabras de Ricke– “podrían perderse de algo interesante”.
Enfatizan en la regla principal de los swingers, una que rige a la comunidad a nivel mundial: “No es no y no se pregunta por qué”.
Es decir, si alguien desea interactuar con ellos, la pareja puede negarse. La otra pareja debe aceptarlo sin pedir explicaciones.
Terminan sugiriendo que todos nos divirtamos y Ricke nos pide acompañarlo a otro punto del club. Abre la puerta de vidrio que está a su izquierda.
Luego de bajar algunas gradas pasamos por una piscina. Fue uno de esos días fríos de marzo, pero tampoco era imposible. Y Ricke nos recuerda una regla de la piscina: usar ropa en ella es opcional.
Seguimos caminando. El lugar es realmente grande, tanto que no alcanzo a ver sus límites físicos. Desde esa altura se pueden ver cientos de luces, provenientes de la Ciudad. A nuestras espaldas está la casa, volteamos y nos explican dónde están ubicados los baños, las áreas sociales, las secciones privadas y unas habitaciones a las que llaman “play rooms” (salas de juego) que pude conocer después. Algunos cuartos son oscuros, otros con luces de distintos colores.
Ricke abre la puerta más cercana e ingresamos al centro del área social. En ella hay unas 12 parejas y sus ojos empiezan a posarse en nosotros, “los nuevos”. Nuestro anfitrión indica que pasemos a registrarnos, señala el bar y se retira.
Las opciones para beber son muchas. El bar es atendido por 3 mujeres que usan tacones altos y vestidos apretados. Tienen entre 20 y 28 años. Son risueñas y amables.
Después de registrarse y pagar el costo de la entrada (que en este caso es de Q200 por persona pero puede llegar a ser de hasta Q800 por pareja + consumo de bar) todas las parejas –incluyéndonos– empezamos a circular por la fiesta.
Al lado del bar hay un escenario. Y un DJ. También hay un tubo de baile. Y una jaula –sí, una jaula-. Y mesas alrededor de la pista de baile en la que todavía no hay acción.
Nos sentamos en una de las mesas, los nervios hacen que ataquemos el plato de boquitas que esta al centro y mi vista empieza a viajar de rostro en rostro. No son caras memorables; las podría haber visto en cualquier otro lugar. Son hombres y mujeres de distintas edades –algunos podrían ser mis padres–, distintos tamaños y colores. Se nota que todos dedicaron tiempo para acicalarse. La mayoría de hombres van de traje y la mayoría de mujeres en minifaldas, leggins, tacones altos y escotes amplios. Algunas no usan ropa interior.
Hay un grupo pequeño cerca del bar, el de los swingers con experiencia. Las demás parejas seguimos dispersas y otras continúan llegando. Hace su aparición un matrimonio de mexicanos –que visitaron el país solamente para asistir a la velada– y dos personajes públicos (un hombre y una mujer cuyos nombres no puedo revelar) con su respectivo acompañante.
El reloj marca las 10 de la noche. La mayoría terminó de cenar y el DJ empieza a poner cumbia y reggaetón. Si necesitas reggaetón, dale.
La mesa de al lado es ocupada por 4 personas. Su plática inicia casual y a los pocos minutos sube de tono. Parecen conocer mucho sobre juguetes y posturas sexuales. Se dan cuenta de que estoy prestando atención a su conversación y para mi sorpresa empiezan a hablar más fuerte.
Pilly se acerca y ofrece mostrarnos los play rooms. Mi pareja y yo aceptamos. Pasamos por una habitación en donde todo era fluorescente y en medio tenía una mesa de billar. Nos dirigimos hacia la planta alta, atravesamos la recepción –una pareja se besaba apasionadamente en la moto roja– y finalmente llegamos. Lo primero que vi fue una serie de lockers numerados y muchas toallas. “Aquí pueden guardar sus pertenencias y ponerse más cómodos”, nos dice Pilly.
Pasamos a la primera habitación: no tiene puertas, solamente una enorme ventana sin cortina. La tarima ubicada al centro es rodeada por 6 sillones tipo bean bag, de esos aguados para acostarse y ver tele. O jugar. “Esto es porque la mayoría de los swingers somos exhibicionistas. Nos gusta ver y dejarnos ver. Aquí se puede satisfacer esa fantasía”, explica Pilly.
El siguiente cuarto tiene dos tubos de baile (de poledancing), uno en cada esquina. Y una cama grande. Hay dibujos de figuras femeninas en las paredes. Pilly las llama “mujeres fuente”. O para el resto del mundo, mujeres haciendo squirt.
Una luz roja capta mi atención y me dirijo hacia ella. Se trata de una especie de cajón de la felicidad para aquellos a los que les gusta ser amarrados y sometidos de alguna forma. Hay cuerdas, cadenas y artefactos de cuero colgados en las paredes. Creo que también es la habitación favorita de Pilly.
Cuando la conocí me dijo que dirige un grupo de BDSM en Guatemala. No hay nadie cerca. Me deja tomarle una foto.
Salimos de ahí y nos muestra dos habitaciones más. Están llenas de colchones y sábanas de colores. Adentro hay cubetas con condones, toallas, aceites con aroma y cestas con dulces de menta.
Regresamos al área social y un nuevo grupo recibe “la charla de introducción” con Ricke.
Ahora, más que parejas, la pista de baile parece ser invadida por una sola masa que se mueve al ritmo de la salsa.
Un hombre restriega la cara en los senos de una mujer mientras otra le toca las nalgas. Otras dos mujeres bailan mientras se acarician. Pareciera que tuvieran imanes en los pechos. Sus parejas conversan y toman algo mientras las ven. Hay química entre los 4.
Volvemos a la sala en la que empezamos la noche. Ahí Ricke me presenta a una pareja. María y Rafael están juntos desde hace 10 años y son swingers desde hace 6.
Su primera experiencia dentro de este estilo de vida fue un trío. Aunque lo recuerdan como algo bueno, María me cuenta que como el trío fue hombre-mujer-hombre, y al otro día sintió una goma moral que hizo que no volvieran a experimentar con otras personas hasta un año después.
Aseguran que su matrimonio es verdaderamente feliz, lleno de confianza y comunicación. Una de las reglas internas que tienen como pareja es conocer un poco a las otras personas antes de experimentar con ellos. Rafael me explica que esto es por temas de salud y seguridad. Agrega que han tenido la oportunidad de conocer swingers de El Salvador, Estados Unidos, México y Colombia. Dice que los swingers son muy agradables y de mente abierta. La pareja mantiene su estilo de vida en secreto: “Lo que pasa acá, se queda acá. La sociedad guatemalteca es demasiado doblemoralista para contar que somos swingers”.
Este último comentario también me lo hizo otra pareja. Claudia y Javier tienen 20 años casados y dos hijos. Ambos visten de negro y usan un accesorio blanco, él una bufanda y ella unas botas que le llegan hasta las rodillas. Él es ingeniero y ella psicóloga.
Javier asegura que casi siempre son los hombres los que tienen curiosidad por adentrarse en el estilo de vida swinger. Le tomó 14 años convencer a Claudia. “Creo que las mujeres también tienen curiosidad de experimentar con su sexualidad pero nuestra cultura nos tiene reprimidas y eso nos crea inseguridad”, explica ella.
Dice que la clave del estilo de vida swinger es tener confianza en sí misma y en su pareja. Sabe que Javier no se va a enamorar de alguien más, pero acepta que los celos nunca desaparecen por completo.
– ¿Recuerdan su primera experiencia swinger?
– ¡Uy sí!, exclama Fernando con una sonrisa.
Silvia se adelanta para contarme:
– Fue aquí en Ricke’s Place. Estábamos con otras parejas jugando póker. Javier (su esposo) ganó y Pilly perdió, así que debía quitarse la prenda que él eligiera. Javier me volteó a ver y para no ofenderme le pidió que se quitara los zapatos. El juego terminó con Pilly completamente desnuda, una pareja tenido sexo al lado de nosotros y yo, tranquila, junto a él. Después de ver todas esas imágenes, Javier y yo parecíamos conejos al siguiente día, termina Silvia entre risas.
Luego de esa experiencia continuaron visitando el lugar y aseguran que cada día es distinto.
– El toqueteo suele surgir a partir del baile y eso me parece muy sensual. A veces terminamos bailando todos desnudos. Algunos días pasan más cosas y otros no. No es tan fácil tener química con otras personas, dice Claudia.
Javier se suma y dice que prefieren estar con parejas que ya tienen experiencia y que cuando sospechan que la otra pareja no es real –sino un acuerdo entre dos amigos o una persona y su amante– automáticamente él y su esposa se niegan a seguir.
– No queremos ser partícipes de una infidelidad. A veces vienen supuestas parejas que hacen de todo en una noche y luego no las volvemos a ver, dice Javier.
Noto que Claudia mueve su cabeza con el ritmo de la música. Seguramente quieren bailar así que no los retengo más. Los veo dirigirse hacia la pista de baile tomados de la mano y un ruido repentino hace que voltee a ver sin pensar.
Observo al menos a 6 personas entrar a un baño. Otra pareja se besa en un pequeño sillón rojo. En cuestión de segundos la mujer tiene la falda de cincho y el hombre le da nalgadas. Ricke se les une, empieza a tocarla.
Con mi pareja decidimos ir a echar un vistazo a la pista de baile. Ahora hay menos personas y todos intercambian caricias. Algunos se besan.
Mi vista brinca de un lugar a otro sin reparar en nada en especial pero eso cambia a los pocos minutos. Una mujer se aprieta los pechos y al pasar las manos por su cintura levanta cada vez más su vestido blanco, dejando ver su ropa interior. Hace todo eso mientras sonríe y ve fijamente a mi novio.
Los dejaré aquí para que se imaginen el resto de la historia.

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